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Mostrando entradas de julio, 2020

Los trajes del emperador - Hans Christian Andersen

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LOS TRAJES DEL EMPERADOR Hans Christian Andersen Un emperador muy vanidoso gobernaba hace muchísimos años un lejano país. Este señor quería ser distinto a todos los otros emperadores de su tiempo, y destacarse siempre por sus orientales vestidos. Nada le gustaba mas que poseer gran cantidad de trajes. Los tenía de todas las telas y colores, se mudaba de ropa cada momento, y mas de una vez hubo que esperar a iniciar una reunión importante porque el soberano tenía que cambiarse. Un día aparecieron en el reino dos desconocidos. Al principio no llamaron la atención de nadie, porque eran muchos los extranjeros que llegaban continuamente, atraídos por las alegres diversiones de aquella capital. Pero muy pronto se hicieron notar porque se presentaron como los más hábiles tejedores del mundo. Según decían, nadie había podido hacer telas tan maravillosas como las que ellos confeccionaban, no solo por la combinación de los hilos con que las tejían, ni por los dibujos que creaban sobre su trama,

La cámara oscura - Angélica Gorodischer

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Ahora resulta que mi abuela Gertrudis es un personaje y que en esta casa no se puede hablar mal de ella. Así que como yo siempre hablé mal de ella y toda mi familia también, lo que he tenido que hacer es callarme y no decir nada, ni nombrarla siquiera. Hágame el favor, quién entiende a las mujeres. Y eso que yo no me puedo quejar: mi Jaia es de lo mejorcito que hay. Al lado de ella yo soy bien poca cosa; no hay más que verla, como que en la colectividad todo el mundo la empezó a mirar con ganas en cuanto cumplió los quince, tan rubia y con esos ojos y esos modos y la manera que tiene de levantar la cabeza, que no hubo shotjen que no pensara en casarla bien, pero muy bien, por lo menos con uno de los hijos del viejo Saposnik el de los repuestos para automotores, y para los dieciséis ya la tenían loca a mi suegra con ofrecimientos y que esto y que lo otro y que tenía que apuntar bien alto. Y esa misma Jaia, que se casó conmigo y no con uno de esos ricachones aunque a mí, francamente, tan

El hombrecito del azulejo - Manuel Mujica Lainez

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José Guadalupe Posada Los dos médicos cruzan el zaguán hablando en voz baja.  Su juventud puede más que sus barbas y que sus levitas severas, y brilla  en sus ojos claros.  Uno de ellos, el doctor Ignacio Pirovano, es alto, de facciones resueltamente esculpidas.  Apoya una de las manos grandes, robustas, en el hombro del otro, y comenta: — Esta noche será la crisis. — Sí ­responde el doctor Eduardo Wilde­ ; hemos hecho cuanto pudimos. — Veremos mañana.  Tiene que pasar esta noche. . .  Hay que esperar... Y salen en silencio.  A sus amigos del club, a sus compañeros de la Facultad, del Lazareto y del Hospital del Alto de San Telmo, les hubiera costado reconocerles, tan serios van, tan ensimismados, porque son dos hombres famosos por su buen humor, que en el primero se expresa con farsas estudiantiles y en el segundo con chisporroteos de ironía mordaz. Cierran la puerta de calle sin ruido y sus pasos se apagan en la noche. Detrás, en el gran patio que la luna enjalbega, la Muerte aguarda